Desnutrición y pobreza crónica impiden el desarrollo

En artículos anteriores (Criterio N° 2434-35) me referí a Fernando Mönckeberg, médico y economista chileno que prácticamente erradicó la desnutrición infantil en su país. Con sus 90 años, vino a Buenos Aires en marzo a dar una conferencia. Lo entrevisté en Santiago de Chile, en 2014, tras haber leído sus libros sobre economía del conocimiento. ¿Cómo relaciona Mönckeberg economía y medicina?

Una síntesis de sus libros en materia económica –Jaque al Subdesarrollo (1973), Jaque al Subdesarrollo, ahora (1993) y otros– puede extraerse de sus palabras: “Alcanzar el desarrollo depende inexorablemente del acervo científico y tecnológico que la sociedad haya acumulado. Nuestras posibilidades de desarrollo económico, y por ende de desarrollo social, hoy más que nunca derivan de nuestra capacidad innovadora en las áreas científico-tecnológicas y de la interconexión de ellas con el sector productivo”.

En materia médico-nutricional, Mönckeberg explica: “El ser humano nace con una carga genética que luego se expresa en sus características físicas e intelectuales. En los primeros años de vida, el medio ambiente adecuado –familia, vivienda, alimentación, cultura– favorece el desarrollo de las potencialidades genéticas que, en condiciones de pobreza crónica, se limitan y dañan al individuo. Si un porcentaje muy alto de individuos está dañado, no podrá integrarse y la sociedad se entraba y pierde eficiencia, estabilizando la situación de pobreza y subdesarrollo”.

Para Mönckeberg, nutrición es alimentación y afecto en un medio ambiente adecuado. Los primeros años de vida son importantes. En condiciones de pobreza el mundo se restringe, la información exterior no existe, los temas de conversación son escasos y relativos al micro mundo que los rodea, las relaciones familiares son primitivas, el afecto, insuficiente; la relación entre padres e hijos débil o muy deteriorada. El niño nace y se desarrolla en un ambiente que no estimula su imaginación y curiosidad. Cuando va a la escuela su rendimiento es pobre y la abandona. De adulto tendrá subempleo y bajo salario, por lo que el ciclo de pobreza se repetirá por una generación más. “Con un porcentaje alto de población dañada –concluye Mönckeberg– no se puede aspirar a la modernización y al desarrollo, que exigen individuos educados y adecuadamente capacitados”. El factor humano es así condición para el desarrollo.

Chile tenía la tasa de desnutrición más alta de Sudamérica. De cada 100 niños que ingresaban a la escuela, sólo 30 la terminaban. Desertaban los más limitados intelectualmente. En 1967 la población dañada por pobreza y desnutrición superaba el 68%; el analfabetismo era mayor al 22%; el 40% de los padres de familia tenía menos de tres años de educación primaria y muchos eran alcohólicos. Las investigaciones de Mönckeberg demostraron que la desnutrición era causa principal y que el ambiente depresivo de la pobreza influía aún más. Por eso propuso ganar la batalla a la desnutrición: el porcentaje de niños con retraso en su crecimiento y desarrollo que era del 70%, bajó al 1%, la mejor tasa de la región.

En la Argentina su discípulo Abel Albino lucha desde hace años por ese objetivo, cuando queremos llegar a la “pobreza cero”. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el 48% de nuestros niños es pobre; hay 1,2 millones de menores de 4 años en situación de pobreza y nacen 600 por día en esa condición. “Pobreza y desnutrición, desnutrición y educación, van de la mano –dice Albino–; con cerebros intactos y educados el desarrollo será posible”.

Criterio, mayo de 2017