Una alianza ejemplar

Arturo Prins

Nuestra industria ha sido tradicionalmente poco innovadora, principalmente por su escasa inversión en investigación y desarrollo (I+D). El sector de la maquinaria agrícola, muchas veces criticado por su baja competitividad, cambió esa actitud de manera notable.

Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), de M.Langyel y G.Bottino, en 2009, describe una historia de avances y retrocesos que es bueno repasar. A fines del siglo XIX, colonos italianos de la “pampa gringa” (suroeste de Santa Fe, sudeste de Córdoba y noroeste de Buenos Aires) fabricaban los primeros instrumentos de labranza para una agricultura en expansión. Después, empresas familiares artesanales precedieron a una incipiente industria que en los años 20 competía con firmas extranjeras. En 1929 se fabricó en la Argentina la primera cosechadora automotriz del mundo; en 1932 la primera cosechadora de lino; en los años 50, Roque Vasalli ideaba el primer cabezal maicero para trilla directa, adoptado luego por EE.UU. y otros países. Eran todas innovaciones del ingenio individual.

Tras la Segunda Guerra teníamos unas cien fábricas. En los años 60 se hacían los primeros intentos de exportación, que llegaron al 50% de las ventas en cosechadoras y casi al 20% en tractores. Desde 1976, la apertura de la economía y otras medidas expusieron la industria a la competencia externa. La producción de tractores cayó de 22.000 unidades (1977) a 1300 (1981): hoy las firmas extranjeras controlan el 65% del mercado. De 28 fábricas de cosechadoras que había en los años 60, sólo quedan 3 con el 16% del mercado.

Las asimetrías con Brasil (nuestro principal competidor), la falta de crédito, escasez de mano de obra especializada y el bajo nivel de innovación, producción y exportaciones exigían un cambio. La siembra directa fue un punto de inflexión: el abandono de arados y rastras demandó sembradoras y pulverizadoras especiales. La “agricultura de precisión sobre siembra directa” -creada en el país-, que amplía la superficie cultivada y da a la planta la mejor posibilidad de crecer según el suelo, requiere maquinaria de precisión, mecánica, informática y con comunicación satelital. Ante estas exigencias, desde los años 90 las fábricas incorporaron ingenieros y técnicos para iniciar un proceso de innovación tecnológica con valor agregado.

Una nueva industria apuntaló así el salto productivo, que llevó la superficie cultivada de 20 a 30 millones de hectáreas en diez años y la producción granaria de 66 a 95 millones de toneladas en cuatro años. Con técnicas desarrolladas en el país, la Argentina pasó a ser líder mundial en siembra directa, con el mayor rendimiento promedio de soja de primera y el menor costo para producir una tonelada de soja.

Ese aumento de cosechas requirió tolvas y embutidoras-extractoras para almacenar granos; la mayor escala llevó a muchos productores a tercerizar la siembra y otros servicios, a través de empresas que también demandaban maquinaria especial.

Tal impulso innovador exhibe hoy 340 fábricas (en especial de sembradoras, pulverizadoras y tolvas) y 382 agropartistas: 722 empresas que dan trabajo a 60.000 personas y venden 1300 millones de dólares al año (en 2002, vendían 340 millones de dólares). El centro en Santa Fe (Las Parejas, Armstrong, Las Rosas, etc.) y Córdoba (Marcos Juárez y otras) reúne 475 empresas (66% del total) en un polo (o cluster ) que factura 800 millones de dólares y nuclea a los mayores exportadores.

Su motor, la Fundación Cideter (Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico Regional), creada en 2000 por las mismas empresas, capacitó a más de 20.000 personas y creó una alianza para promover la innovación y exportar el 20% de las ventas: en 2002 se exportaba el 1%, en 2007 el 9,8% y en 2008 ya superó el 14%, que ayudó a enfrentar la crisis del campo. Más del 50% de las exportaciones va a América latina; un 40% a Europa (28% al Este: Rusia, Ucrania, Kazakhstán y Lituania). Las fundaciones Exportar y Standard Bank, con la experimentada coordinación de Elvio Baldinelli, generan consorcios de exportación y cofinancian su presencia en ferias internacionales.

Con Baldinelli visitamos Las Parejas, que desde 1958 reúne el mayor número de empresas (108). Vimos Agroshowroom 2009 , que convocó a 48 países (EE.UU., Alemania, Australia, Rusia, Sudáfrica, Brasil, México y otros) para conocer las ventajas de la siembra directa y su maquinaria. En dos días hubo 1200 rondas de negocios. De 200 máquinas que el cluster vendía en 2006 llegó a casi 900 en 2008. Del total de máquinas que exporta el país, el cluster vende el 64%. Expoagro 2010 mostrará este potencial en marzo.

Como la innovación es fruto del conocimiento, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva otorgó subsidios y créditos, a tasas preferenciales, a 220 de esas empresas innovadoras, por 82,6 millones de pesos (2003-08). Otra mirada inteligente del ministerio fue alentar al cluster en conjunto, con un aporte de 4 millones de dólares a 4 años. Con una inversión equivalente, el cluster desarrollará once proyectos tecnológicos y de I+D en un moderno centro científico costeado por el ministerio, el gobierno de Santa Fe y las empresas, en un predio donado por el municipio de Las Parejas. El objetivo: lograr capacidades competitivas internacionales, más innovaciones que sustituyan importaciones y patentes.

El conocimiento apuntala así el cambio suscitado por la agricultura más moderna y eficiente del mundo. Pero resta un largo camino, pues aun somos mayormente importadores: más del 70% de las cosechadoras y el 80% de los tractores (entre 600 y 700 millones de dólares al año) se compran afuera, aunque sembradoras y pulverizadoras casi no se importan.

La industria factura en el mundo 60.000 millones de dólares al año (más del 40% concentrada en dos multinacionales: John Deere y CNH). La Argentina exportaba 17 millones de dólares (2003) y hoy se acerca a los 200 millones (más del 940% en 5 años), con una ventaja competitiva: es el único fabricante del mundo de maquinaria para siembra directa y produce tolvas y embutidoras-extractoras de altísima calidad.

Como hemos dicho desde estas columnas, la inversión en I+D e innovación es fundamental para el desarrollo económico y tiene una recuperación rápida, muchas veces exponencial. La alianza campo, industria y ciencia lo corrobora. © LA NACION

© La Nación, febrero 8, 2010