Un prestigioso médico indica cómo jaquear al subdesarrollo

Arturo Prins

En junio de 2004 conocí en Santiago de Chile a Fernando Mönckeberg, responsable de haber erradicado en su país la desnutrición infantil, que alcanzaba al 60% de los chicos. El apoyo del gobierno a su programa inspiró a nuestro compatriota Abel Albino, quien desde Mendoza creó la Fundación CONIN (Cooperadora para la Nutrición Infantil); en reconocimiento a su tarea fue nombrado en 2014 miembro de la Academia Nacional de Medicina. La relación de ambos médicos los llevó a escribir el libro Desnutrición, el mal oculto que subraya la necesidad de superar el flagelo que la Argentina aún no ha resuelto.

Mi interés en reunirme con Mönckeberg tenía que ver con otro tema: la publicación de sus libros Jaque al Subdesarrollo (1973) y Jaque al Subdesarrollo, ahora (1993). En el primero, de gran difusión e impacto, traducido a varias lenguas, hace un diagnóstico de la situación mundial y da recomendaciones a Chile tras la crisis de 1970-73, que culminó con el derrocamiento del presidente Salvador Allende. En el segundo indica que muchas de aquellas predicciones se cumplieron, pero que en Chile no se realizó todo lo que se debía.

En nuestra entrevista, Mönckeberg indicó que es importante comprender la idea de “desarrollo”, basada en la superación de la pobreza, la marginalidad y la desnutrición; la modernización del sistema educativo y la construcción de una infraestructura científico-tecnológica por la incidencia del conocimiento en la economía.

Mönckeberg decía que los latinoamericanos debíamos convencernos de nuestra capacidad para lograr el desarrollo, pues no es cierto que seamos diferentes o que nuestra idiosincrasia no permita el progreso. Lo explica en su segundo libro: “Cuando los europeos irrumpieron en Oriente y se contactaron por primera vez con Japón, lo encontraron con un atraso considerable. Cronistas y pensadores de la época afirmaban que los japoneses pertenecían a una raza inferior. En menos de un siglo y medio, ese país se ha puesto a la vanguardia del progreso mundial. Japón progresó porque estimuló la creatividad científico-tecnológica y puso énfasis en la educación. Ni la barrera idiomática fue obstáculo para insertarse en los primeros lugares de la economía mundial”.

Para Mönckeberg, “lo más trascendente que ha ocurrido en la historia de la humanidad, es el formidable avance del conocimiento y sus aplicaciones, que no tiene parangón con lo sucedido anteriormente. Por milenios la humanidad evolucionó muy lentamente; los conocimientos nuevos se generaban aisladamente y eran escasas las transformaciones sociales derivadas de ellos. Repentinamente, en poco más de una centuria, se generó un progreso abrumador”.

En sus libros, Mönckeberg concluye que los países subdesarrollados son aquellos incapaces de generar conocimientos nuevos y que sólo proveen materias primas al mundo desarrollado; en cambio, los que generan conocimientos logran valor agregado a sus economías y prosperan. “No cabe duda –indica– que la revolución científico-tecnológica creó la diferencia entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado. Ella permitió al primero progresar rápidamente, mientras el segundo permaneció estático o retrocedió. El mundo desarrollado sabe que el conocimiento es su mejor capital y lo protege con patentes que impiden la transferencia que beneficie a quienes no son capaces de generarlo”.

Mönckeberg advierte finalmente que, si bien los conocimientos trajeron grandes beneficios, también causaron problemas que deben resolverse, entre ellos la gran desigualdad entre países y el grave daño al medio ambiente.

Criterio, marzo de 2017