La dirección de la bocha

Por Arturo Prins

En 1974 se logró la primera bacteria transgénica, que luego sirvió para producir insulina, hormonas de crecimiento e interferón de mayor calidad y menor costo. El hecho abrió el debate sobre la modificación genética de las especies, por lo que los científicos acordaron normas de bioseguridad y autocontrol en la célebre Conferencia de Asilomar (California, 1975). En 1984 se obtuvieron las primeras plantas transgénicas, resistentes a insectos. La ingeniería genética, al conocer el funcionamiento de los genes, actuaba sobre microorganismos y plantas. Pero los cambios genéticos ya se realizaban, de otra forma, desde siempre.

La Argentina estuvo entre los iniciadores de la biotecnología. En 1986, como responsable de los recursos de nuestro Premio Nobel Luis F. Leloir, obtuve financiación para un trabajo que él impulsaba, con el propósito de lograr una semilla de girasol resistente al hongo de la esclerotinia que afectaba nuestras cosechas.

Entre 1992 y 1995, el primer centro de biotecnología vegetal del país, en la Universidad Nacional de Rosario, lograba maíz y trigo transgénico, hecho inédito en América latina. Recientemente visité a su director, el doctor Rubén Vallejos, que se lamentaba por los apoyos discontinuos que le impidieron transferir a la industria sus logros. Pionero como Leloir, quiso obtener algodón y soja resistentes a insectos y herbicidas, pero la falta de recursos lo hizo abandonar estos estudios.

En un ambiente más propicio, la empresa Monsanto obtenía hacia 1995 la primera semilla de soja resistente al glifosato, herbicida que la empresa producía. Europa y varios países se opusieron a estos avances biotecnológicos, entre otras razones, por temor a que la agricultura quedara en manos de unas pocas multinacionales, dueñas del 95% de las patentes.

La nueva soja de Monsanto fue un boom y la Argentina la utiliza en más del 90% de su área sembrada, que aumentó un 130% desde 1995; la producción creció de 11 a 40 millones de toneladas y las ventas se incrementaron enormemente. Hoy somos el tercer productor mundial de soja y el primer exportador de aceite y harina de esta oleaginosa. Pero nació un conflicto: Monsanto amenazó con embargar nuestros buques porque evadíamos el pago de regalías. El país no supo generar un producto acorde con sus tradiciones y hoy emplea un gen importado en las semillas transgénicas locales, con la dependencia de patentes extranjeras. De todos modos, la agrobiotecnología hizo de la soja el centro de nuestras exportaciones, aunque preocupa su monocultivo, que afecta los suelos.

Leloir decía que, así como el buen polista es el que se anticipa a la dirección de la bocha, el buen científico es el que vislumbra el futuro inmediato de la ciencia. En los años 80 él veía ese futuro en la agrobiotecnología. Pero la ausencia de una política de Estado y de protagonismo empresarial hizo que corriéramos detrás de la bocha sin poder alcanzarla.

Un proyecto sin precedente podría revertir la situación: en Rosario, sede del polo aceitero más competitivo del mundo y de la universidad que instaló nuestro primer centro de biotecnología vegetal, dos empresas argentinas, Bio Sidus y Bioceres, invertirán US$ 10 millones en cuatro años para construir, equipar y sostener el Instituto de Agrobiotecnología de Rosario (Indear), integrado al sistema científico del Conicet. Contra la idea de que “la tecnología se compra”, una nueva raza de empresarios y productores agropecuarios reunirá a un centenar de científicos y técnicos con todos los medios para trabajar sin sobresaltos. Se integrará, por primera vez, una masa crítica de investigaciones de otros centros, como el INTA, que exhiben grandes avances.

Se desea proteger una de las regiones agrícolas más beneficiadas del mundo, con condiciones agroecológicas únicas, donde el ganado se alimenta naturalmente. Mantener este recurso, que se agota, es posible cuando se le incorpora conocimiento e innovación. Perdimos oportunidades: sólo tres de los 20 cultivos más importantes tuvieron mejoramientos genéticos, y en el reino animal el horizonte es amplísimo.

Somos uno de los pocos países que lograron una vaca clonada y transgénica, Pampa, que produce en su leche hormonas de crecimiento humanas. El hecho lo protagonizó Bio Sidus (2002), antigua empresa de origen farmacéutico y una de las 12 más avanzadas del mundo en biotecnología. La hormona de crecimiento combate enfermedades. Su consumo anual en el país ronda los US$ 10/12 millones y en el mundo los US$ 2000 millones. Hoy se produce en un gran fermentador que logra 60 gramos por mes de esa proteína. Pampa puede producir tres kilos mensuales. Con el 10% de su leche cubriría la demanda argentina y con 20 vacas, la de todo el mundo. Cuando se apruebe su uso humano, Bio Sidus podría ser el primer fabricante mundial de hormonas de crecimiento. Otra ventaja: nuestras vacas se alimentan de pasto, sin suplementos de origen animal que causaron el “mal de la vaca loca”, por lo que las hormonas de crecimiento de Pampa serían muy valiosas.

La experiencia en biotecnología animal que Bio Sidus volcará en el Indear podría lograr vacas que produzcan nuevos fármacos, que modifiquen la composición de la leche para vencer su intolerancia o que resistan enfermedades. Estados Unidos obtuvo una vaca resistente a la mastitis, enfermedad de la ubre que produce pérdidas millonarias en la industria láctea.

El otro socio, Bioceres, desarrolla proyectos de biotecnología vegetal. Uno de ellos se propone lograr trigo, maíz y soja tolerantes a sequías y salinidad, que extenderían nuestra frontera agrícola a tierras áridas. Bioceres se inició hace pocos años, con 45 productores agropecuarios; hoy son más de 100 que aportaron, con otros inversores, US$ 5 millones en investigaciones.

En el Indear, la biotecnología vegetal que impulsa Bioceres podrá vencer el mal de Río IV, un virus que destruye nuestro maíz; crear plantas resistentes a plagas o a sequías (el 25% de las cosechas se pierde por ellas) o a enfermedades que requieren plaguicidas de efectos indeseables; podrá obtener calidad nutricional en cereales, desarrollar una agrobiofarmacología que suplante métodos arcaicos y costosos para producir medicinas, etcétera.

Frente a los riesgos de los transgénicos, la ciencia no ha constatado daños en la salud humana y el medio ambiente. La bioseguridad debe seguir aplicándose y la rentabilidad no tiene que apurar los tiempos. Tampoco habría que poner énfasis en los riesgos, sin atender los probados beneficios. La agrobiotecnología muestra que puede proteger a la naturaleza -que no es perfecta, sagrada e intocable – y brindar al hombre mejores alimentos y medicinas. El riesgo cero sólo está en la inacción, que provoca otros riesgos.

Las autoridades de ciencia y técnica avanzan ahora en la creación de un Fondo de Agrobiotecnología que favorezca la actividad, como lo hizo Brasil. Si el Estado, en este fondo, acompañara la inversión privada con una parte mínima del tres por ciento que cobra a la exportación del poroto de soja , ayudaría a que la Argentina – como quería Leloir- se anticipara a la dirección de la bocha.

© La Nación, noviembre 29, 2005