Un diálogo muy revelador

Arturo Prins

En los últimos artículos dimos a conocer opiniones en favor de la economía del conocimiento de Bill Gates, Fernando Mönckeberg (economista y médico chileno), Marcelino Cereijido (médico e investigador emérito argentino) y el periodista Andrés Oppenheimer. Autores de numerosos artículos y libros que trascendieron internacionalmente, coinciden en que sus recomendaciones no son tenidas en cuenta en América latina.

Muy revelador fue el diálogo que sobre el particular tuvieron Gates y Oppenheimer. El periodista lamentaba que el discurso de la “vieja izquierda” y la “vieja derecha” latinoamericana basara el desarrollo en los recursos naturales, siendo que los países más avanzados son los que “apostaron a la innovación y producen bienes y servicios de mayor valor agregado”.

Gates explicó que cuando cursaba la escuela secundaria, ocurrió algo que cambió su historia personal y la del mundo: el Club de Madres hizo una rifa y destinó tres mil dólares para la compra de una computadora. En 1968 era una extravagancia que una escuela contara con una computadora; la mayoría de las universidades no tenían. Esto despertó la pasión de Gates por la informática: “Era mi obsesión, faltaba a las clases de educación física, me quedaba hasta la noche con esa computadora ASR-33 Teletipo, programaba hasta los fines de semana y pasaba 20 o 30 horas semanales con ella”.

Gates agregó que había tenido “una suerte increíble” por la excelente educación que recibió en la escuela. Oppenheimer le preguntó qué debían hacer los países latinoamericanos para propiciar la innovación. Gates respondió: “Deben estimular en las escuelas secundarias la curiosidad intelectual por la ciencia y la ingeniería. En el mundo hay muchas que están poniendo énfasis en que los estudiantes hagan proyectos divertidos, que diseñen un submarino o un robot, así entienden que la ciencia es una herramienta para lograr lo que quieran hacer. En segundo lugar, hay que mejorar la calidad de la educación en las universidades, lo que requiere que sean muy selectivas”.

Oppenheimer le mostraba que en América latina los graduados en Ciencias Sociales “aumentaron espectacularmente”: el 42% obtenía su título en esas ciencias y sólo el 14% en ingeniería y tecnología. Citó a la UBA, de la Argentina, que tenía 29 mil estudiantes de Psicología y 8 mil de Ingeniería. Y concluía: “La receta para crecer y reducir la pobreza en nuestros países, entiendo que ya no será solamente abrir nuevos mercados –por ejemplo, firmando más acuerdos de libre comercio– sino inventar nuevos productos. Y eso sólo se logra con una mejor calidad educativa”.

Gates coincidía: “Tuve una educación de muy buena calidad. En la mayor parte de otros lugares del mundo yo hubiera sido un mal agricultor. Mi país incentiva la innovación como ningún otro, me refiero a los niveles de inversión, a la forma en que funciona nuestro sistema de patentes, nuestro sistema legal. Es cierto que hay muchos que juegan en contra de la innovación: por los altísimos costos en defensa, salud, etc. Pero Estados Unidos es un imán para los mejores cerebros del mundo; importamos más inteligencia que nadie”.

Finalmente hizo esta referencia: “En la mayoría de las universidades latinoamericanas no existe la tradición estadounidense de que los egresados aporten donaciones a sus casas de estudio. Sin embargo, crea un círculo virtuoso: la universidad produce profesionales exitosos, éstos donan más a las universidades y sus aportes permiten formar más profesionales exitosos”.

Criterio, Septiembre de 2017