Japón, un caso singular

Arturo Prins

La aplicación que hizo Japón de la economía del conocimiento tras su destrucción en la Segunda Guerra, fue notable. No asombra el resurgimiento de Alemania, Italia, Francia o Inglaterra, para las que la guerra fue sólo una interrupción, dada su larga tradición cultural que condujo a la investigación científico-técnica aplicada a la industria.

Japón, nación oriental, tenía raíces distintas. Hasta mediados del siglo XIX era un país feudal, primitivo en su desarrollo, aislado y sin comercio internacional.
El emperador Mutsuhito, que adoptó el título de Meiji (Gobierno ilustrado), sentó desde 1868 las bases del moderno desarrollo nipón. Hasta entonces la economía japonesa era mayormente agraria. Meiji impulsó la búsqueda del conocimiento y el saber de Occidente para lograr una rápida industrialización, fijó la educación obligatoria, bajó el analfabetismo y creó la primera universidad técnico-científica (1871). Europa tenía universidades e investigación desde hacía siglos.

Apenas se cumplían siete décadas del paso de una sociedad feudal a un Estado moderno, cuando las bombas de Hiroshima y Nagasaki convirtieron a Japón en ruinas, con sus habitantes deambulando sin futuro, con desempleo e inflación. El país insular tenía pocos recursos naturales en una pequeña superficie (368.589 km2) con una densidad de población muy alta.

¿Cómo pudo entonces llegar a exportar altas tecnologías que no poseía ni lejanamente en 1945? ¿Cómo logró ser la segunda economía y potencia industrial del mundo? El hecho reconoce dos etapas: en la primera, predominó la absorción de tecnologías de países avanzados, por compra o arrendamiento de patentes extranjeras y la capacitación de miles de estudiantes becados a universidades y centros de enseñanza industrial de los Estados Unidos y Europa. En los primeros 15 años de reconstrucción, los japoneses tomaron información científico-técnica de todo el mundo; la grabaron, fotografiaron y filmaron inspirados en un decreto del emperador Meiji que estableció que Japón tomaría el conocimiento donde lo hallare, vinculándose a importantes centros culturales.

En la segunda etapa, los centros de investigación alimentados por conocimientos del exterior y por japoneses doctorados en renombradas universidades, elaboraron tecnologías propias en la industria automotriz, relojera, fotográfica, electrónica, de microprocesadores e informática. Por sus diseños, calidad y bajos costos Japón compitió con naciones altamente industrializadas.

Tal desarrollo se logró en pocas décadas debido al aliento a la inteligencia científica y a la iniciativa privada, sin buscar la reconstrucción a través de empresas estatales. La producción industrial despuntó en 1954 duplicándose entre 1965-74. En la década del 60 el PBI de Japón crecía a un ritmo del 11% anual, frente al 4% de los Estados Unidos; en 1970 llegó a ser el segundo más alto de los países capitalistas.

En los años 80 el país invertía en Investigación y Desarrollo (I+D) casi el mismo porcentaje de su PBI que los Estados Unidos, tenía 550.000 científicos y sus empresas, universidades e institutos financiaban investigaciones básicas, aplicadas y desarrollos experimentales, claves en la economía del conocimiento.

Otro país oriental, China, pasó a ser recientemente segunda economía mundial, por la magnitud de su inversión en I+D que se duplicó entre 2008-12. Esta inversión es también la segunda en el mundo, detrás de la de los Estados Unidos, hecho que comentaremos en una próxima entrega.

© Criterio, 2014